
Haití es el país más indigente en América Latina. Las dos terceras partes de sus habitantes sobreviven con menos de un dólar diario y más de la mitad de la población infantil sufre de malnutrición. El desempleo es galopante y la producción nacional, muy escasa. Las laderas están desforestadas y los terrenos para el cultivo, desprovistos de nutrientes.

Durante años Haití ha recibido miles de millones de dólares en ayuda, sin embargo la situación sólo ha empeorado. Consecuentemente, los diplomáticos y “expertos” extranjeros han caracterizado a Haití como un estado fracasado, un país en el que la corrupción endémica y la violencia política hacen imposible el cambio. Pero la realidad es que muchas de las causas de los problemas de Haití se encuentran fuera de su territorio, en gobiernos y organizaciones de ayuda internacionales que imponen sus propias agendas, que son insostenibles e impracticables para la población mayoritariamente pobre.

Pese a que muchas organizaciones sin fines de lucro (ONGs) y algunos gobiernos extranjeros muestran nobles intenciones, el resultado es el fracaso puesto que no promueven un cambio duradero en Haití. A menudo sus donaciones y su ayuda a los necesitados los hace más dependientes y pasivos.

Es hora de reconocer que una nación no puede construirse en base a la ayuda extranjera y que las democracias no pueden instalarse desde afuera. Es hora de reconocer que los dineros provenientes de ONGs y de organizaciones de ayuda internacional, manejadas por elites que tienen poco o ningún contacto con los pobres, no conducen a ninguna parte. Es hora de reconocer que alimentar a un niño hambriento sin crearle conciencia, como quien le regala a un hombre un pescado sin enseñarle a pescar, nunca pondrá fin al ciclo de pobreza y violencia.

Es hora de cambiar la forma de hacer las cosas. La solución a los problemas de Haití debe venir de adentro; no del gobierno, no de las elites, no de las ayudas extranjeras, sino de la población pobre que constituye más del 90% de la población. El ciclo de pobreza termina cuando los pobres se levanten, se unan y comienzen a luchar por el cambio.